miércoles, 26 de octubre de 2022

Virrei Amat

    Justo al llegar al semáforo, nota la vibración del teléfono en el bolsillo posterior de sus vaqueros. Se detiene y saca el celular pero, sin darse cuenta, algo cae al suelo. Espera, tranquila, a que el semáforo cambie de color mientras escucha el mensaje de voz de Carolina, su hermana, desde Perú. 

Al otro lado de la calle, también detenido, un hombre cincuentón, algo obeso y con poco pelo, ha visto como un papel caía al suelo. La distancia no le permite identificarlo. Siente curiosidad y un cierto desasosiego. Tal vez es algo muy importante para la mujer. No considera gritarle. Esperará llegar al lugar y saber de que se trata.

Esa misma escena, pero un par de metros hacia atrás la ha visto otro hombre. Mayor. Más cerca de los ochenta que de los setenta. Le acompaña un perrito muy chiquitín atado a una correa. Ha decidido esperar a llegar a la altura de la mujer para advertirla de que algo se le ha caído del bolsillo trasero de sus vaqueros. Justo al sacar el teléfono. Pero cuando va a alcanzarla, el semáforo ya se ha puesto verde y ella ha reemprendido la marcha. Siempre escuchando el mensaje de su hermana Carolina, desde Perú.

Una mujer joven, rubia y esbelta, aparece en una esquina próxima. Con un gran perro pastor alemán. El hombre mayor se las ve y se las desea para sostener a su perro chiquitín, que ladra tan fuerte que no parece que pueda ser. Se desentiende del papel que le cayó a la chica. Que ya casi está llegando a la otra acera. Justo en el momento en que el hombre cincuentón comprueba que el papelito que vio caer es, precisamente, un billete de cinco euros. Lo recoge y vuelve sobre sus pasos hasta alcanzar a la mujer. Que ya está guardando su teléfono de nuevo.

–Perdone, se le ha caído, antes –le muestra el dinero.

Ella, primero, mira sorprendida. Hace conjeturas y, si, recuerda que dejó el billete en el bolsillo trasero de los vaqueros. Con el celular. Es fácil que cayera. Toma el dinero y sonríe agradecida.

El señor mayor ha conseguido calmar a su perrito chiquitín. La joven, rubia y esbelta es, precisamente, su sobrina. Quedan charlando y ya olvidó lo del papel que se cayó.

La muchacha de Perú ha guardado el billete en el bolsillo de su blusa. Piensa que ha tenido suerte. Era el dinero que llevaba para comprar pechuga de pollo para comer. Su hijo y ella. El esposo les abandonó hace siete meses y va muy justa.

El cincuentón, algo obeso y con poco pelo, entra en la consulta del dentista con cierta satisfacción.











lunes, 17 de octubre de 2022

Vilapicina

        Si. Estoy aquí. Todavía sigo aquí. Con la niña. Al lado del Mercadona. Si. Aun de baja. Hasta pasado el verano. Empalmo con las vacaciones.

¿Como estoy? Pues ya te puedes imaginar. La nena es preciosa y la verdad es que se porta muy bien. Come todo y pasamos buenas noches. Pero, claro, mi vida es cien por cien ser madre. La mama me ayuda, pero trabaja y luego también viene cansada. Mi padre sigue cabreado conmigo. Que me dejé tomar el pelo. Le hace carantoñas a Sofía, pero solo si yo no estoy delante.

La verdad es que el Tomás se ha portado fatal. La decisión de seguir con el embarazo la tomamos entre los dos. Insistió mucho en que era nuestra obligación y que el aborto le parecía como un crimen. Yo dejé el instituto y me puse a currar en Mango. Sin decir que estaba preñada, claro. Todo en contra de lo que aconsejaban mis padres.

Los primeros meses, muy bien. Nos veíamos cada día y me llevaba a su casa. Porque se supone que, de momento, íbamos a vivir con sus padres, que tenían más sitio.

Pero ya cuando me puse gorda de verdad, empezó a aflojar. Que iba retrasado, que este año tenía la selectividad...

Total. Que una tarde, paseando por Fabra i Puig, suelta que ya no me quiere, que es algo que no puede controlar, que no tiene nada que ver con la niña pero que no puede seguir conmigo. Y ahí me quedé, en la mitad de la calle. El tío se fue. Ya no quería hablar más. ¿Te puedes imaginar como me quedé? Además, que yo le quería. Bueno. Le quiero. Es una mierda.

Vino a verla. Al hospital no. A casa. No veas como le chilló mi padre. No ha vuelto más. El otro día nos encontramos. Aquí cerquita. Dijo que cuando pueda me dará algo de dinero. Pero el tío no trabaja. Y quiere ir a la universidad. Ya me dirás.

Y aquí estoy. Diecisiete años. Con un trabajo que es una pringada total y una niña que criar. Ya ves lo que es mi vida. Y lo que será el futuro. Suerte que ella es un encanto y me da todo. Es lo que me salva. 

¿Y vosotras que tal? ¿Que hacéis?









lunes, 10 de octubre de 2022

Horta

        Aquella noche, madrugada ya, hacía tanto frio que el niño Miguel tuvo que cubrirse totalmente con las sábanas y mantas. Para que ninguna parte de su cuerpo, brazos, cabeza, quedara expuesta a la temperatura gélida de la habitación. La casa de la calle del Viento hacía honor a su nombre. Vulnerable a todas las inclemencias, los truenos y relámpagos se habían sumado a la fiesta de aquel 31 de Octubre de 1942.

Su hermano mayor dormía tranquilo en la cama de al lado. O, al menos, es lo que el pensaba. Dudó. Asomó un poco la cabeza e intentó aprovechar la corta iluminación de  un rayo para ver si el pecho se movía. Pero era tan breve el tiempo y tan cercana la tronada que, fracasado, volvió a sumergirse entre las ropas del lecho.

Era extrañísimo que tanto ruido no despertara a Juan. Tal vez, algún fantasma maligno lo mantenía en sueños o, tal vez... eso no lo quería pensar.

Esa noche, al final de la cena, el abuelo contó que, cuando era solo un niño, su hermana amaneció muerta en la cama, justo la que ahora ocupaba Miguel. La noche de todos los santos. Tal día como hoy. Nunca se supo con seguridad que es lo que le ocurrió.

De pronto, le pareció escuchar un crujido seco en la madera del suelo. Se le encogió el corazón. ¿Habrá alguien ahí? Asustadísimo, incapaz de mirar, todavía se arremolinó más en si mismo. Se hizo un ovillo en el centro de la cama. Intentó hundirse en el colchón, aunque sabía que todo aquello sería en vano. Si aquel ser sádico y despiadado quería matarle también a el, poco podría esconderse. 

Igual tendría una oportunidad con una acción por sorpresa. Desarroparse y gritar muy fuerte. Un chillido largo. Eso no lo esperaría la alimaña que estaba junto a su cama y tal vez quedara desconcertada el tiempo suficiente para que Miguel saltara, corriera hacia la puerta y bajara el tramo de escaleras hasta llegar a la habitación de sus padres.

Por contra, podía salir mal. El monstruo no dudaría en agarrarle por el cuello para acallar sus gritos. Y estrangularle hasta el ahogo. Esa angustia final le aterrorizó.

Falto de otras iniciativas, pensó en negociar con el asesino e implorar a algunos posibles buenos sentimientos. No era más que un niño pequeño que quería vivir un poco más.

Se ofreció, inofensivo, estirando su cuerpo bajo las sábanas. Buscó transmitir una mayor relajación. Tal vez así, mostrando su desprotección, el demonio perdería interés.

Otro crujido en la madera; dos. Y otro más. El monstruo se estaba moviendo. Escuchó, claramente, como se cerraba la ventana. O tal vez se abría. Más pasos que cruzaban la habitación. El corazón saltando fuera de su pecho. El estrépito de un trueno no le permitió estar seguro de que la puerta se cerrara. Quedó el silencio. La luz de un relámpago y, de nuevo, otra explosión ensordecedora.

Ya nada más. 

Cuando se despertó, pensó que acababa de dormirse, pero ya no sonaban los truenos y el sol se filtraba entre los postigos. Su hermano ya se había levantado. 

El suelo crujió cuando posó los pies descalzos. Celebró la vida.










miércoles, 5 de octubre de 2022

El Carmelo

      Benita nació en el último pueblo de la provincia de Ourense antes de la frontera con Portugal.

Bajita y regordeta; siempre con una sonrisa de oreja a oreja. No lleva mal su artrosis de cadera. Se adaptó bien al andador.  “Para donde hay que ir”, le basta.

–De muy pequeña iba al campo a coger castañas y al huerto por unas verduras para los cerdos. Espere. ¿Como se llamaban? Hay gente que las come… ¡Borrajas! De eso me acuerdo. Y, para contar, de poco más. Antes, los críos solo servíamos para trabajar. Los adultos lo pasaban bien riñiéndonos todo el tiempo. Creo que no llegaba a los 16 cuando me mandaron a Barcelona. A servir. En la casa eran catorce personas. También me reñían allí. Gritos daban. Los días que me tocaba salir, nunca me dejaban. ¡Benita! Hay faena. ¿Sabe? –Me mira con unos ojos pequeños, inteligentes–. Tenían una parada en el mercado de la Concepción. Venía uno de los hijos con un camión lleno de pollos y conejos. No se de donde los traía. Y en una habitación muy grande, los soltaban. Allí les cortaban el cuello o les daban con un mazo en la cabeza. Según. También aprendí a hacerlo. “Benita, que tu vales”. Y yo callada. ¿Que podía hacer? En una tarde igual matábamos veinte piezas. Y luego quitarles los pellejos y las plumas. Por eso vendían tanto en el mercado. Siempre colas. Recién muertos. –Se arregla un poco el vestido–. Y fregar de rodillas aquella casa, lavar la ropa, barrer, quitar el polvo. Un no parar. Todos los días. “Benita, eres un tesoro”, me decían. Pero pagaban poco. “Que comes mucho, Benita. Que nos sales muy cara”. No entendía y decía que si. Que debía ser así.

Benita se casó con un viajante de corsetería. También era de Ourense, pero de otro pueblo. Y ya pasó a ser aquello que llamaban ama de casa. En un barrio más fresco y luminoso. Tuvo cinco hijos. 

–Todos muy trabajadores –dice orgullosa. 

–¿Eres feliz?

–Mucho. Siempre lo he sido. Me basta con tener una cama en la que acostarme cada noche. Y eso no ha faltado nunca.