Ramiro Q. A sus 56 años siempre perdió.
A los 6 se vino, con sus padres, jornaleros de un cortijo de Córdoba, a Barcelona. Con maleta de cartón y mantas baratas para arroparse en el tren.
El Catalán les llevó a la estación de Francia. Allí estaba Alfredo, hermano de su padre, Jesús.
Se metieron los cuatro en el 600 y enfilaron la Gran Vía. Condujeron hasta Cornellá.
Durante un par de años convivieron las dos familias en la casita de dos plantas de Vista Alegre.
El padre de Ramiro Q. encontró, con relativa facilidad, un empleo en las obras de por ahí. Carretilla cargada de cemento y runas arriba y abajo. Diez horas al día. También los sábados.
Ramiro Q, medio fue a la escuela. La mayor parte de los días no había profesor. Todo patio.
Ya empezó con los porros a los 14. Todos los colegas lo hacían. Ni se acercaban al cole. Fumaban y siempre había alguien con un loro grande para escuchar a los Chunguitos.
Luego tocó hacer la mili. Sin casi saber escribir y solo con algunos trabajillos como camarero de bareto en el barrio.
No fue mala época. Estaba fuerte y le gustaba mandar. Terminó como cabo 1º. Se reenganchó un año más.
Pero tanto ocio y esos malos rollos cuarteleros que cortaban el aire, le llevó a la heroina.
Regresó, dos años y medio después, a San Ildefonso. En ese barrio sus padres habían comprado un pisito de 52 metros, en una segunda planta. Le daba el sol de mañana.
Sin demasiado ofició pasaba las tardes con los colegas. Todos cada vez más enganchados a la droga.
Empezaron a caer. Bien por darse un chute de más o por enfermar por esa nueva enfermedad chunga. SIDA o VIH, nunca llegó a enterarse si había alguna diferencia.
Un día se asustó. Carlos, su primo, murió justo a su lado. Tal vez la droga era demasiado pura o tal vez se pasó con la dosis.
Tanto fue el espanto que pidió ingresar en la unidad de deshabituación que tenían en el hospital de Bellvitge. Tres semanas.
Salió bien. Con ganas de otra vida.
Su padre le consiguió trabajo en la obra. Nada especial. Seguir con la carretilla arriba y abajo.
Pero eso le cansaba tanto que le separó de los colegas.
Un domingo conoció a Adela. Había nacido en el barrio, aunque sus padres eran de Jaén.
Le gustó la chica. De raza. Morenaza. Había terminado la EGB y tenía un trabajo fijo en el Caprabo. Jefa de turno.
Sería esa planta de buena persona que transmitía Ramiro Q. o, quizás, su cuerpo fortachón, pero a Adela le gustó.
Se casaron. En la Iglesia del centro, que el cura era bastante enrollado. Y les cobró poco.
Para el festín solo les llegó para un arroz con mejillones y solomillo ibérico en Castelldefels. Pero la fiesta estuvo muy bien.
Luego, pasaron una semana en Rosas, en la Costa Brava. Un gran viaje.
Alquilaron un pisito en el mismo barrio. Se sintieron bien y cómodos ahí.
Nació Jésica y, después, Kevin.
Ramiro Q y Adela trabajaban duro mientras sus hijos crecían.
No salieron de mucho estudio. Y sus padres tampoco sabían como darle importancia a eso de los libros.
Pasaban el tiempo libre, los cuatro, viendo la tele. No entraba demasiado dinero, pero gastaban poco. Les sobraba lo suficiente para ir quince días de vacaciones a un hotelito en la playa. En Santa Susana.
Kevin era un buen chaval. Tras vaguear un poco se apuntó al FP de mecánico. Se le daba bien.
Putada fue aquel día que volcó con la furgoneta y se destrozó la pierna derecha.
En el hospital parece que todo salió mal. De entrada, le amputaron por encima de la rodilla. Pero, luego, pilló una infección en la sangre. Lo metieron en la UCI, pero –dijeron los médicos–, le bajó tanto la tensión que no llegaba sangre a los órganos vitales. Y murió. Solo tenía 17 años.
Adela nunca supero esta desgracia. Adelgazó 20 kilos que ya no recuperó. Perdió su puesto en el super y pasó de encargada a reponedora. Con tantos citaloprames y orfidales ya no daba una.
Ramiro Q. intentó olvidar con su carretilla. Arriba y abajo. Pero se cabreaba demasiado con el encargado. Un día le despidieron. Tenía 46 años.
Jésica se sentía muy sola. Sus padres la ignoraban. Solo estaba a gusto en la discoteca. Bailaba bien. Los chicos la buscaban. Allí era alguien.
Efrián la embarazó. A los 15. El se desentendió pero ella quiso seguir adelante. Sola. Rechazada por su madre e ignorada por su padre, se fue a vivir con la abuela.
El niño no llegó a nacer. Nadie le explicó lo que pasó, pero no superó el quinto mes del embarazo. Terrible.
La chiquilla, Jésica, estaba tan perdida que, aconsejada por Julia, una antigua amiga del barrio, decidió dejar todo atrás.
No se mucho de ella. Parece que está en Ibiza. De camarera en un chiringuito en San Antonio. Sus padres ni se preocupan donde anda. La han perdido. También.
La relación entre Ramiro Q y Adela no es sencilla. Se culpan de todo y de nada. Viven con el PIRMI que cobra el y el sueldecillo del super. Que van a perder, porque ella cada vez pasa más tiempo de baja.
No hay vacaciones, ni cenas, ni días de alegría. No hay hijos. No hay trabajo. No hay futuro.
Saben que, primero les cortarán la luz, después el gas y luego les echarán por no pagar el alquiler. Solo es cuestión de tiempo.
Dirán que es la crisis. ¿Que les van a decir? Nacieron con la crisis clavada en el corazón.
Han pasado unos años.
Justo hoy, Ramiro Q cumple los 56.
Adela murió hace un año. Dicen que fue una arritmia por el Citalopram. Igual demasiadas pastillas. Los médicos tampoco investigaron demasiado. Ramiro Q lo agradeció.
Ahora comparte cajero con Bogdan, en la calle Aribau de Barcelona. Tienen su hornillo eléctrico y suelen comer caliente todos los días. Tampoco es una vida mala. Pero, ambos, piensan en trasladarse un poco hacia el sur. Tal vez a Almería. Alguna cosa en el campo sabrán hacer.
Son amigos. Y se cuentan historias.