lunes, 26 de septiembre de 2022

El Coll. La Teixonera.

  En 1965...

Ha anochecido. La calle de la estación del tren de Barcelona es larga y ancha. Muy alumbrada por las farolas que la flanquean.

Ya en el coche, a Ramiro le llama la atención lo iluminado que está todo. Las calles, las ventanas de los edificios. Y tantos vehículos. No solo coches. Autobuses y algún camión. ¡Que bonito, todo!

Es cierto que, a medida que se alejan de la estación, la ciudad pierde alegría y vivacidad. Las calles se estrechan y aparecen menos transitadas que las del centro. Algunas tienen muchos baches y otras no están asfaltadas. Las luces brillantes de las farolas se han sustituido por bombillas que cuelgan de lado a lado, entre las casas. Al cabo de un rato enfilan por lo que parece una colina. Ahí el paisaje es extraño. Se suceden zonas edificadas, incluso calles, con amplios solares sin construir. A Ramiro le cuesta comprender la extraña razón de todo aquello. Falto de orden y sin aparente dirección.

Por fin llegan a casa de los tíos. Un edificio bajo de dos plantas. Abajo, una persiana gris que cierra lo que parece un garaje o un taller. Al su derecha, una puerta muy estrecha de hierro sin ninguna decoración. La calle, en cuesta, no está asfaltada. Aunque si tiene aceras a ambos lados. Hay algún coche aparcado. Y, algo más arriba, un pequeño camión. Poco iluminada. Una de las farolas está apagada. La bombilla parece rota.

Suben por una escalera empinada que nace justo tras la puerta. En el alto,  un pequeño gato mira, curioso, a los recién llegados.











lunes, 19 de septiembre de 2022

Valle Hebrón

Javier tiene 86 años. Se mantenía bastante bien hasta hace un par de meses. Cuando perdió, casi de un día para otro, el apetito. Le costaba ir de vientre. Y manchaba un poco de sangre. Las primeras semanas no dijo nada a nadie. Pero, cada vez se sentía peor y, al fin, se lo contó a su mujer.

Le llevaron al hospital. No fueron necesarias demasiadas pruebas. Cáncer de colon.

El médico que le atendió consultó con cirugía. Un tratamiento radical no era posible. Demasiado agresivo para Javier. A sus años. Además era diabético y padecía del corazón. Tal vez se podría resecar algo del tumor y hacer un bypass para mantener el tránsito intestinal. No se libraba de la enfermedad, pero igual le daba un poco de tiempo. A lo mejor.

Le operaron. Más o menos bien. A la semana empezó a toser y ahogarse. Pulmonía. Los antibióticos mataron al microbio. Pero solo eso.

Javier ya casi no come nada. Los pensamientos se fueron de su control. A ratos, delira. Le cuesta andar, aunque sea un poco, por el pasillo. Cada vez más débil.

Los médicos han hecho las cosas que, parece, se deben hacer. Pero el tiene su ritmo. Ya no quiere levantarse de la cama. Lleva días sin probar bocado. Saluda cuando entra la enfermera. Eso si.

La noche anterior, en un momento de lucidez, le dijo que quiere una muerte dulce. Explicó que está orgulloso por ser el último que se va de sus amigos. Contó, que en la plaza, donde los toldos, habían hecho apuestas. Hace años. El siempre era el primero de la lista. Por lo del corazón. Y, al final, será el último en marchar.

–¿Miedo a morir? ¡Para nada!. He vivido miserias y alegrías. Más de esas que de las otras. Ahora ya quiero quedar tranquilo. Hable con mi mujer. Ella es mi vida. Le explicará mejor que yo.

Rosalía es algo más joven que Javier. Lleva bien su ancianidad. 

–Ya se como está. Me lo explicó la cirujana. Mi marido es muy listo. Llegó aquí, sin nada. Y montó el taller. Ahora lo llevan mis hijos. El les dio todo. Ahora quiere una muerte dulce. Que no sufra. Estaremos siempre con el. No nos fallen.





















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