martes, 29 de noviembre de 2022

Camp de l’Arpa


        En este amanecer tardío. Tan de desgracia. Porque cuando los días nacen tan despacio, mal agüero llevan. Y todo eso no lo pudo evitar Santiago. Aquel penoso miércoles de Marzo, cuando se presentó a esa mujer de la ventanilla del paro.

¿Estudios?

Filología

¿Y eso es una carrera?

Si.

¿Y que sabe hacer usted?

Bfff. Soy bastante manitas con las cosas de casa. Se cocinar, también.

¿Pero de esa carrera?

Leo. Intento entender las palabras, las frases. Explicarlas. Darles sentido. A veces, invento palabras. Eso me gusta mucho.

Ya veo. Tranquilo, que ya le llamaremos para algo.

Y salió de la cola de hombres y mujeres tristes. A los que la vida ha mentido. Personas que visten de gris. Aunque habían soñado una vida en colores.

Santiago se dirigió a la estación del metro. Tomó el ascensor hasta el anden.

Cuando se acercó el convoy recordó una palabra: cábalas. 

Y se dejó caer. 











lunes, 21 de noviembre de 2022

Sagrera

        En el Principe de Viana no son demasiado escrupulosos con las ausencias.

Algunos chicos retrasan el regreso tras el descanso de media mañana. Como saben que no les van a dejar entrar a la mitad de una clase, esperan a que empiece la siguiente.

La pareja ha ido a tomar el bocadillo al mirador desde el que se ve el escudo de la Pegaso, labrado en el suelo.

Si mis padres se enteran de que somos novios, me arman un bollo que no veas.

¿Porque soy musulmán?

Moro dicen ellos. Odian a los moros. En realidad a todos los extranjeros. Pero a los moros más.

¿Son muy fachas?

Fachas del todo. Mi padre es el típico que llegó de pequeño de Andalucía. Pero el no era emigrante. El no. ¡Que va! Solo hay una España. Un enamorado del Aznar. Por mucha mierda que tenga el PP, el no la ve. Siempre les vota.

¿Y tu madre?

Bueno… Típica catalana. De toda la vida. Nunca me lo han querido decir, pero creo que se casaron porque estaba embarazada de mi. Nací seis meses después… Poco amor. Están discutiendo todo el día. Pero no se separan. Ella dice que no es racista. Pero, a mi padre, termina siempre llamándole charnego. Tu verás.

Joder.

¿Y tus padres? ¿Les parecería bien que salgamos?

Ellos esperan que me case con una chica marroquí, hija de alguno de sus amigos. Ya le han pegado el ojo a alguna. Me van soltando indirectas.

Pues estamos apañados.

Tampoco vamos a decir nada… Al menos por ahora.

Mohamed, me siento tan bien junto a ti.

El toma su mano y la lleva a sus labios. Solo acaricia. Sin besar. Apoya el rostro en su pecho para sentir el latido de su corazón.

Te amo, Gabriel.












miércoles, 9 de noviembre de 2022

Congrés

        Dale la vuelta a la llave. Esta mañana cerraste solo con una. Ya sabes que es mejor hacerlo con las tres. 

Puedes dejarlas sobre la mesita.

Primero quítate los zapatos. En la habitación. Claro. ¿Donde va a ser? Luego los pantalones. ¿Tienes ganas de orinar? ¿Esperas a ponerte el pijama o vas ya? Esperas. Vigila que luego no tengas que correr. No dejes la ropa sobre la cama. Mejor la vas  guardando en el armario. Ya se que así te das más prisa. Pero, luego, tendrás que hacerlo igualmente. ¡Ah! Lo haces por el apuro del pipí. Mejor ve ahora y luego terminas con la ropa. Te has vuelto a olvidar de subir la tapa. ¡No! Ahora no lo hagas. ¿No ves que has mojado todo? Y usa papel. Que siempre te queda un circulito de orina. Da igual que nadie te vaya a ver.

No abras las nevera descalzo. Hay gente que ha muerto electrocutada. Si enrollas una loncha de queso semi con otra de jamón tienes un buen tentempié. 

A esta hora, en la tele, no hacen nada. Deja puesta la sexta. Aunque no la mires. Siempre acompaña.

A ver los whatsapp. El chiste de Emilio en el grupo del curro. Es el único que cuelga algo. El mal rollo os ha contagiado a todos. El, como no se entera… Tu madre, que si el sábado irás a comer. Cada vez está peor. Hoy es martes. Tiene una obsesión con la planificación que empieza a preocuparte. Ni rastro de Celia. Sigue sin contestar. 

Llaman a la puerta. Y ahora, ¿quien será? A estas horas. No esperas nada de Amazon.

Por la mirilla ves un tipo sesentón. Vestido de negro. ¿Una sotana? ¿Un cura? ¿Que querrá un cura? Abre.

–Buenas tardes. Vengo a traerle la Sagrada Familia. –Te alcanza una capillita con la Virgen, San José y el niño Jesús.

–¿Y que tengo que hacer?

–Guardarla durante una semana. Volveré a buscarla.

–¿Pero hay que pagar alguna cosa?

–No, no. Solo guardarla. Y rezar. Ya sabe.

–Vale. Pues…

–Hasta el martes.

–Acompáñalo a la puerta. De momento, déjala encima de la mesa del comedor. Luego ya verás donde la pones. 

Acuérdate que, de niño, también la traían. Tu madre le ponía flores. A ratos, encendía una vela. Y se santiguaba cada vez que pasaba por delante. Tu padre se reía. El, más que poco religioso, era anticlerical. 

¿Te acuerdas cuando murió? Tardaba en salir del baño. Lo llamasteis, aporreasteis la puerta y no contestaba. Un vecino la consiguió abrir. Y os ayudó a levantarlo del suelo y llevarlo hasta la cama. Le cerró los ojos. 

Aquel día también vino un cura. Y puso la Sagrada Familia sobre la mesita de noche. Y rezasteis un padre nuestro. Te acuerdas perfectamente. Como si acabara de suceder.


Los bomberos le encontraron sentado en el sofá. La televisión estaba puesta, la sexta. 

La habitación, toda ella, olía a muerto.











martes, 1 de noviembre de 2022

Maragall


       Como casi todos los días, desde hace tantos años que no puedo acordarme, Juan, Manolo, Encarni y Luisa están sentados en el banco, lado Besos, de la plaza Catalana.

Juan es un mecánico jubilado. Usa bastón y gafas. Necesitaría un audífono, pero no se lo puede permitir.

Manolo empezó en el campo, en Coria, luego de peón albañil por toda la comarca de Barcelona. Más tarde, en una fábrica de Saarbrüken. Regresó para colocarse en la Olivetti. Hasta que cerraron. Delgado como un palo. No para de fumar. Y toser.

Encarni se casó con Isidro. Viuda desde hace algo más de veinte años. Crió a seis hijos. Uno murió por el VIH. No sale a la calle sin el andador.

Luisa es la más joven. Hija de Encarni. La segunda por abajo. Era reponedora en el Caprabo, pero sufría frecuentes crisis de ansiedad. Tras largos periodos sin poder trabajar, le dieron la incapacidad total. Ahora está mejor, pero siempre parece que lleve un manto de tristeza. Vive con su madre. Solas.

Juan, como casi todos los días, señala con su bastón la fuente del centro de la plaza. Tres o cuatro palomas beben agua en un pequeño charco.

–Cuando llego, siempre abro el grifo para que salpique y caiga agua. Así los pobres pajaritos pueden beber. Míralos. Creo que ya me esperan.

–Será –dice Manolo mientras apaga un cigarrillo en la suela de los zapatos, arranca un ataque de tos y enciende otro.

Así están cuando llega Felipe con su perrito criollo. Felipe nació en Colombia. Cuando se quedó viudo, sus hijos lo trajeron a Barcelona. La ciudad no le gusta, pero no se atreve a decírselo a ellos.

Todos los del banco, como si fuera la primera vez, pero es así todos los días, traen galletitas para el perro. Se las dan por riguroso orden: Juan, Manolo y Encarni. Luisa no lleva porque su madre dice que ya le da ella y no hace falta.

Felipe no se sienta. Tiene que hacer un recado, como casi todos los días y estará solo un momento.

Por el otro lado de la plaza, se acerca Virtudes. Ayudada por el carro de la compra. Se sienta en un banco contiguo y saluda a su amiga Encarni. Solo a ella.

–Voy a sentarme junto a la señora Virtudes, que está sola. Tu quédate aquí, dice Encarni a Luisa.

Se levanta despacio, mueve torpemente su caminador para avanzar unos pocos metros y se deja caer en el banco junto a Virtudes. Se miran con una sonrisa pero quedan en silencio. 

Se escucha una máquina de la obra cercana.

–¿Ya tienes la comida a punto? –pregunta Encarni a Virtudes al cabo de un rato corto.

Todos atienden a la respuesta.

–Si. Para mi nieto. Está en casa. Para variar. Dice que con sus padres se aburre. Que no tiene nada que hacer.

–Se fueron a vivir a Martorell, ¿no? –pregunta alguien. Tal vez Manolo. Tanto da porque los demás conocen la respuesta.

–Si. A una casita con jardín. Están muy bien. Pero el chico se aburre porque no conoce a nadie. –El ruido de la máquina de la obra es ahora muy fuerte. Permanecen callados un ratito.

–Por cierto, que todavía no he mirado el cupón del viernes. No se donde tengo la cabeza. –Luisa busca en su billetero. Enciende el teléfono y teclea la página de la ONCE.

–¡Ay Dios! Que es el mismo número. A ver… ¡Y la serie! ¡Nos ha tocado!

–¿Que dices? …Todos se levantan para acercarse a Luisa.

–Si, si. Seguro.

–¿Y cuanto es?

–¡Nueve millones de euros!

–No me jodas.


Ha pasado un año.

Encarni y Luisa están en la plaza. En  el mismo banco del lado Besós. Con ellas, solo el perro patán de Felipe. Se lo quedaron cuando este decidió volverse a Colombia con su nueva esposa.

Ellas, su millón, lo repartieron entre toda la familia. Arreglaron el piso y guardan un pico para redondear las pensiones.

Virtudes compró una casa en Martorell. Con piscina. Junto a su hijo. Pero está todo el día sola. Como se aburre, a veces viene a pasar el día al barrio, a su antiguo piso. Con su nieto, que se ha instalado en el definitivamente.

Manolo murió hace seis meses. Contrató un seguro médico. En el chequeo para aceptarle, le detectaron un cáncer de pulmón avanzado. Sus últimos meses fueron un sin vivir de pruebas, tratamientos e ingresos. Falleció en paliativos de Cotxeres.

Esperan a Juan. Hoy se está retrasando. No suele faltar, puntual, para abrir el grifo de la fuente, salpicar y hacer charco para que puedan beber las palomas.

Como casi todos los días, desde hace tantos años que no puedo acordarme.