viernes, 27 de enero de 2023

Clinic

        Cada vez respiraba con mayor lentitud. Superficialmente. Tranquila. Arropada por las sábanas blancas que cubrían un cuerpo diminuto.

El tomó su mano. Conservaba todavía esa suavidad de siempre. Seguían siendo una manos preciosas. A pesar de tantos y tantos años de vida.

Se inclinó un poco para sentirla más cerca. Susurró:

–No te olvides de llamarme cuando llegues. –Y ella casi abrió los ojos y miró con complicidad.

Quedó en paz. Dejó de respirar. 

Sin soltarla, se dejó reposar en el sofá. A esperar. Que le llamara.

Cuando sus hijos entraron en la habitación se sintieron huérfanos. Aunque siempre habían imaginado que su padre no sobreviviría mucho tiempo a su madre. Tras tantos, tantos y tantos años juntos.












miércoles, 18 de enero de 2023

Diagonal

       Con un poco de hambre. No demasiado más del que llevaba acumulando desde ya hace veinte años, Remedios camina hacia su cajero de la calle Aribau. 

Cual es su sorpresa al ver que aquel, el de toda la vida, ya no existe. La Caixa está de obras para cerrar la oficina de siempre y convertirla en una especie de café de los negocios. Con mesas redondas y televisión en las paredes.

Le dicen que el cajero estará en la calle. Lo que fue su refugio ya no existe. Remedios, desconcertada, piensa en donde va a dormir ahora. Otro duro golpe.

Cuando tenía 30 años, ahora tiene cincuenta, dijeron que lo suyo era posiblemente una fibromialgia, pero que sabían poco de esa enfermedad. Y no era motivo de baja. Si se sentía depresiva por tanto dolor, tenía que esforzarse y luchar.

Lo mismo decía su esposo. Tenía que poner más de su parte. Finalmente, ante la incapacidad de su mujer a adaptarse y esforzarse a superar una enfermedad que no existía, decidió divorciarse y desaparecer.

Abandonada por la familia y la sociedad, empezó el recorrido de subsidios que, cada vez más escasos, terminaron con ella en la calle.

Le había cogido cariño a aquel cajero entre Rosellón y Provenza. Compartía con dos rumanos que llegaron acá por otros motivos. Que ahora no vienen a cuento.

¿Que va a hacer ahora?

Por la calle Aribau bocinea un Opel. Bandera española por la ventana.

–¿Me podéis ayudar? No tengo donde dormir.

–Pídeselo al Puigdemont. –Siguieron con el ruido del claxon.

Pasó la noche en el portal de la Iglesia de Nuestro Sagrado Corazón. Compartió con Fernando, licenciado en literatura hispánica, pero sin futuro. También sufría una extraña enfermedad que le impedía relacionarse con las personas.

Sobre las tres de la madrugada pasó Álvaro, vestido con un traje verde fosforito.

–Tomad estas pastillas. Se os pasará el hambre y el frio.

Remedios se tomó las cinco. Fernando solo una. Tiene pánico a los medicamentos.

Ella durmió tanto que solo la despertaron las trompetas del juicio final.












martes, 10 de enero de 2023

Verdaguer

        Clara y Carlos son, muy posiblemente, la pareja más patosa que he conocido. Hará un par de años, tal vez un poco más, que surgió entre ambos esa química que puede llamarse amor. No fue una cosa instantánea. Los primeros meses se ignoraban. Aquello que uno ni sabe que el otro existe.

Hasta que una tarde tonta, no puedo recordar si Carlos o Clara, pero fue uno de los dos que comentó algo que encendió la chispa. Y allí, irracionalmente, como ocurren las cosas hermosas, empezó todo.

Aunque, decir “todo” o “empezó” tal vez es una exageración. Se enamoraron, pero hasta ahora no han encontrado la forma de decírselo. Y así les va. 

Ambos, tienen ya su vida más o menos organizada. No es estupenda, pero si suficientemente cómoda.

Trabajan juntos. En una gestoría del paseo de Sant Joan.

Comparten alguna confidencia superficial, otras que no lo son tanto y se ayudan en las tareas de la oficina… pero fuera de ahí no saben muy bien como deben tratarse. Nadie que les vea juntos pensará jamas lo locos que están el uno por el otro. En público, prácticamente ni se saludan y son incapaces de cruzar más de dos frases seguidas. 

Un día coincidieron en una cena con un grupo de gente. Lo normal es que intentaran sentarse, si no juntos, si lo más cerca el uno del otro. Pues no, cada uno en un extremo de la mesa.

Otra vez, quedaron –¡milagro!– para ir a ver una exposición. Se armaron tal lío con los horarios que cuando Clara llegó, Carlos ya la había visto y revisto. Y, en vez de repetir con ella, decidió marchar para acabar de aprovechar la tarde por su cuenta.

Parece que tienen miedo que no les vaya demasiado bien si están más juntos. Que si se dan la mano ya no puedan soltarse. Miedo a dejar atrás una vida con la que se sienten medianamente bien. Y que, seguro, tendrían que dinamitar.