miércoles, 12 de abril de 2023

Gavarra

Amalia es auxiliar en una residencia. Media jornada. En realidad, es un microjob, aunque en este país este nombre no se dice. Vive con Jacob. Se dedica a montar lineas wifi. Autónomo. Ahora va justillo.

Se mudaron de piso. Uno un poco más barato, aunque no tiene ascensor. Aprovecharon para hacer limpieza. Parece mentira la de cosas que ya no se usan y que pueden acumularse en un par de años.

Amalia pensó que, tal vez, esos rumanos que siempre andaban buscando entre los contenedores podrían aprovechar sus trastos.

Mihai estuvo encantado. El se lo llevaría todo. Pero ver a Mihai, con su bicicleta, intentando colocar los muebles en un espacio imposible la conmovió.

–Lo cargamos en mi coche. Dime donde lo llevo –se ofreció.

En las afueras de la ciudad. Cuatro medio chabolas cubiertas con uralita. Allí viven. 

Mujeres, niños, hombres. Muy jóvenes, ellas y ellos. Y el bebé de Mihai y su mujer. Que ni a los diecisiete llega. Lloroso, pequeñito. Tal vez con hambre.

–Por la noche van a un pisito en Gavarra. Allí no pasan frio. Los hombres no nos movemos de aquí. Cocinamos lo que encontramos. Leña no falta.

Descargaron todo aquello que Jacob y Amalia ya no necesitaban.

–Se podrá vender.

A la chica le latía el corazón muy deprisa. Algo de temor sentía entre tanta gente en el límite. Que no tenía nada que perder.

Tomó el coche. Ya sola. Compró leche en polvo en la primera farmacia que encontró. Y regresó al lugar.

–Al menos, el niño, que tenga para unos días.

Mandó un whats. Sin miedo a que le robaran el teléfono.