–¡Oiga! ¡Usted! ¿Porque está haciendo fotos?
Dado que no hay prácticamente nadie en la calle y que, me temo, soy el único que está haciendo fotografías, me giro.
–Vera. Soy escritor y estoy escribiendo sobre la Linea 5 del metro –Entre nosotros, otra persona no habría encontrado muy plausible mi respuesta.
–Ah. Bien. Es que últimamente ha habido varios robos. Y no fuera que sacara fotografías para estudiar las casas. –Parece ser que a la señora le gustan las series de investigación.
–¡No! Ja, ja. Ya ve que no hago pinta de ladrón –espero–. No se preocupe. ¿Vive por aquí.
–Si. Aquí mismo. –La desconfianza ha desaparecido.
–Están bien estas casas. Individuales. ¿Lleva mucho viviendo aquí?
–Ya va para cuarenta años. Estoy de alquiler. El barrio es muy tranquilo. Lo que pasa es que casi no hay tiendas. Salvo un indio, como yo lo llamo, allá arriba. Poca cosa tiene para hacer la compra. Solo lo básico y algo de fruta. Vamos a San Ildefonso. Aquí al lado.
–¿Vive sola?
–Si. Mi marido se me murió hace cinco años. Y la nena, cuando se casó, fue a vivir a Granollers. Pero vienen casi todos los domingos a verme. Tengo un nieto que es un encanto de niño. ¿Quiere pasar a tomar un café?
–No quisiera abusar.
–Para nada. Que va. Es que por aquí no hay mucha gente con la que hablar. Pase, pase.
Abre la puerta que conduce a un pequeño recibidor. Y de ahí a un salón. Muebles anticuados, demasiado oscuros. Bien cuidados. Eso si. La casa está limpia y ordenada. Dos sofás de color marrón junto a la ventana y una mesa ovalada imitación caoba en el centro. De un aparador acristalado saca dos tazas de café. Me invita a sentarme en una de las cuatro sillas alrededor de la mesa.
Desaparece hacia lo que imagino que debe ser la cocina. Miro las paredes. Hay muchas fotografías en las que aparece un hombre, siempre el mismo, vestido con ropa deportiva, de futbolista, con la equipación del Espanyol.
–Su marido era futbolista, veo –digo cuando la mujer vuelve con una cafetera humeante.
–Si. Y muy bueno. Por eso nos vinimos de Cáceres. Lo fichó el Español. Pero no tuvo suerte. A los pocos meses de llegar tuvimos un accidente de coche. A mi no me pasó nada, pero el se rompió las dos piernas. Estuvo casi un año haciendo rehabilitación. Volvió a andar como si nada pero ya no pudo volver a jugar más. Se portaron bien y le consiguieron un trabajo de vigilante en un garaje en Barcelona. En la calle Balmes. Allí estuvo hasta la jubilación.
–Yo viví en la calle Balmes. Aparcaba el coche en un parking entre Aragón y Valencia.
–Ese era.
–En los noventa.
–Pues ahí estaba el. Seguro que lo conoció.
–Me acuerdo del encargado. Me perdonó una subida del alquiler porque acababa de nacer nuestro hijo. Dijo que no era momento para aumentar los gastos. Una buena persona.
–Si que lo era.
Quedamos en silencio. Apuré el café y me despedí.
–Vuelva cuando quiera. Aquí tiene su casa.
Pensé en hacerle una foto, pero lo dejé correr. A veces, la vida nos da pequeñas, ínfimas, sorpresas. Son esas pequeñas cosas que quedan en los buenos rincones de los recuerdos. Los que no hay que olvidar.









